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La Edad de Aprender

Enseñarle a comer solo a partir del año

Los niños de esta edad tienen una capacidad de aprendizaje asombrosa. En sólo dos años serán capaces de desnudarse, hablar con soltura, comer solos y manipular juguetes complicados.

A partir del año intentará utilizar la cuchara y, por supuesto, al principio no le resultará nada fácil. Suele ser una etapa en la que mantenerlo limpio a las horas de las comidas será casi imposible. Pero hay que dejarlo aprender.

Te aconsejamos que utilices dos cucharas, una para él solito, y otra para que entre intento e intento tú le des de comer. Protégele con un babero grande (hay en el mercado unos de plástico fácilmente lavables) y ármate de paciencia. No importa si se ensucia o desperdicia alguna cucharada. Esa es la única manera de aprender.

Sin embargo, no debes dejarlo que juegue con la comida. Si su objetivo es volcar el plato o pintar con la papilla, no lo dejes. Debe comprender que es la hora de la comida, no de la diversión.

Es bueno que a partir de los 18 meses coma alimentos sólidos en trocitos muy pequeños. Será inevitable que al principio utilice los dedos, pero poco a poco aprenderá a usar el tenedor. Elige los infantiles que son de puntas redondeadas y no se lastimará.

Dejar el pañal

El control de los esfínteres será uno de los logros más esperados por parte de los padres. Sin embargo, no hay que precipitarse en la elección del momento. Se trata de un aprendizaje más lento y cada niño necesitará su tiempo.

Si nos apresuramos e intentamos que el niño pida antes de los 18 meses, posiblemente aparezca un rechazo difícil de quitar. Si, al contrario, lo hacemos después de los tres años, es posible que le cueste mucho, pues ya se habrá acostumbrado al pañal.

El momento más adecuado será cuando sea capaz de reconocer que "tiene ganas", aunque no llegue a tiempo. Entre los 15 y los 18 meses ya sabe que se ha hecho pis o caca, pero no es capaz de anticiparlo, por lo que posiblemente aún sea pronto para sentarlo en la pelela.

A partir de los 20 o 24 meses la mayoría de los niños expresan verbalmente su deseo. Además, en su afán de imitar, querrán hacer lo mismo que los mayores. Es el momento de sentarlo en el inodoro y aplaudir cuando realice las deposiciones.

El segundo cumpleaños es el momento más recomendado. Tardarán varios días en controlar los esfínteres, por lo que no hay que preocuparse si alguna vez no llega a tiempo. No debemos trasmitirle impaciencia y, si rechaza el inodoro, no hay que forzarlo.

Una vez que se ha tomado la decisión de enseñarle, no caer en la tentación de volver a ponerle el pañal por comodidad. Cada vez que lo pida, llévalo lo más rápido posible al baño. Y aplaude y dile lo mayor que es ya por no utilizar pañal.

Los primeros días, es posible que al niño se le olvide ir al baño cuando está entretenido o jugando. Debemos recordárselo, pero sin agobiarlo demasiado. No hay que enojarse, ni mostrarse excesivamente disgustado si fracasa o se retrasa en el aprendizaje, ni siquiera si sufre algún escape.

Quitar el pañal en la guardería

Si va a la guardería en muchas de ellas piden que sea la madre la que comience el entrenamiento, aunque luego lo continúen las maestras. Para facilitar el trabajo al niño (y también a las cuidadoras) es conveniente que lo vistas con ropa cómoda y fácil de desprender.

Enséñale a compartir

Los niños de dos a tres años se sienten el centro del universo porque de hecho, lo han sido para sus padres. Durante estos dos años se han ocupado de su bienestar en todos los sentidos y pocas veces se les ha llevado la contra.

Pero a partir de esta edad comienzan a darse cuenta de que existen otros: más niños en la guardería, un hermanito, o algún vecino.

Su reacción ante esta evidencia suele ser negativa.Los niños de dos años no son capaces de compartir, y además, saben qué es suyo pero hacen suyas también las cosas de los demás. Si quieren el juguete de su amigo, se lo quitan y esperan a ver qué ocurre.

Por otro lado, aún no son capaces de ponerse en el lugar del otro, de empatizar con los sentimientos de otros niños. Por eso, no tienen piedad cuando les han quitado su juguete preferido o toman sin pedir permiso los objetos de los demás.

Además, necesitan afirmar su personalidad y, para ello, deben reforzar su voluntad y, lógicamente, en sus planes no está todavía prestar sus tesoros a otros niños. Por eso, no hay que juzgarlos desde un punto de vista moral.

Su egoísmo se modificará con el paso del tiempo. A los padres nos corresponde enseñarles las ventajas de compartir: si le dejas a Pablo la pala, él te dejará el cubo, si compartís los juguetes, van a tener muchas más cosas para jugar.

Estos mensajes, constantes y dichos con cariño, modificarán poco a poco su conducta. Por otro lado, el mejor ejemplo lo tendrán en sus propios padres. Si los padres ofrecen un modelo de generosidad el niño los imitará.

Aprender a dormir (a partir del primer año)

Muchos niños entre dos y tres años comienzan a tener problemas para irse a la cama. Según Eduardo Estivill (pediatra especializado en trastornos del sueño y autor del famoso libro Duérmete niño) el problema es que los niños no han aprendido a dormir. Casi un 70 por ciento de los niños entre dos y tres años tienen trastornos del sueño: tardan mucho en dormirse, no quieren ir a la cama, no saben dormir solos...Es en esta etapa cuando conviene enseñarles correctamente. Sino, el problema se agravará con la edad.

Consejos prácticos para enseñarle a dormir:

1- Establece un ritual para ir a la cama. Los niños necesitan la rutina para sentirse seguros: después del baño, la cena, más tarde el cuento de mamá y, por último, apagar la luz y a dormir.
2- La inseguridad que les invade al sentirse solos en la cama puede corregirse dejándolos dormir con su mascota (un peluche, un muñeco...) y tal vez sea necesario dejar encendida una luz tenue.
3- No se debes quedarte hasta que el niño se duerma. Es mejor irse antes, así, si se despierta, no se asustará por encontrase solo.
4- No hay que hacer caso a las múltiples necesidades que le surgen una vez en la cama: ¡pis!, ¡agua! Si cedemos a todas sus demandas, al final se alargará el ritual.
5- Si nos llama o llora, debemos acudir a consolarlo, pero sólo un momento. No debe sentirse abandonado, pero el objetivo es que aprenda a dormir solo.

Muchos niños van en la cama de sus padres en mitad de la noche. La mayoría de las veces los padres se enojan, especialmente si se convierte en una costumbre.

Es cierto que a altas horas de la madrugada es difícil mantenerse firme, pero antes de que esta costumbre se convierta en una regla, conviene poner remedio.

Si tiene miedo, es preferible quedarse al lado de su cama hasta que se tranquilice. Nunca debe acomodarse en la cama de los padres expulsando a uno de ellos al sillón.

Si se acuesta sin que nos demos cuenta, hay que llevarlo cuando se tranquilice a su dormitorio. Lo más importante es que si la pareja ha decidido que el niño no duerma en su cama, hay que mantenerse firme y procurar que no sea el niño quien decida.

Dormir con los padres debe reservarse para momentos especiales por ej. cuando tiene una pesadilla y esta angustiado o cuando esta enfermo.

Miedos y pesadillas

A partir de los dos años aparecen los miedos nocturnos. Lo que más temen es la oscuridad o a los animales que les pueden comer y se esconden bajo la cama o en el placard.

Muchos psiquiatras atribuyen a estos miedos un sentimiento de inseguridad e, incluso, se ha llegado a afirmar que puede haber un factor hereditario. Por otro lado, los miedos se contagian: una madre miedosa puede favorecer la aparición de pesadillas.

El niño, para combatir estos miedos, se rodea de los objetos que más quiere y que, en su imaginación, lo protegerán durante la noche. Por eso, no hay que impedir que se acuesten con muñecos o juguetes, que serán su apoyo nocturno, sus ángeles guardianes.

Malos sueños: Las pesadillas son los resultados de las vivencias que el niño ha tenido durante el día, pero elaboradas por su particular imaginación. Se acuesta tranquilo pero se despierta llorando y llamando a gritos a sus papás. Los padres consiguen tranquilizarlo sin problemas y, al día siguiente, son capaces de recordar la causa del sobresalto.
Ocurre con más frecuencia en niñas que en niños y suelen aparecer en las fases avanzadas de la noche.

Los terrores nocturnos no son pesadillas, aunque a menudo se confunden fácilmente. Son mucho más aparatosos y su causa no se relaciona con las vivencias que el niño ha tenido durante el día. La escena es muy llamativa: el niño se despierta gritando, abre los ojos y se incorpora en la cama y cuando los padres intentan consolarlo los rechaza y ni siquiera los reconoce. Suele durar alrededor de 10 minutos y casi siempre aparecen en el primer tercio de la noche.
A diferencia de las pesadillas, al día siguiente el niño no recuerda nada.

Para ayudarlo a dormir :

1- Permite que se lleve a la cama sus muñecos guardianes, incluso, deja encendida la luz del pasillo o alguna luz tenue de las que se encuentran en el mercado.
2- Si está nervioso, puedes quedarte un rato con él, leerle un cuento o cantarle una canción. Pero abandona la habitación antes de que se haya dormido.
3- No es conveniente que tenga demasiada actividad antes de ir a la cama: nada de peleas entre hermanos ni película de televisión.
4- Lo más recomendable es un baño de agua caliente y un vaso de leche caliente antes de ir a la cama.
5- Si el niño insiste en no querer dormir y pasa muy malas noches, conviene consultarlo con el pediatra.

Primeras palabras

A partir de los 18 meses suele tener un vocabulario de unas quince palabras de las que también conoce perfectamente su significado. Suelen ser palabras relacionadas con las partes de su cuerpo o el entorno más cercano.

Del año y medio a los tres años aumenta el vocabulario y aprende a construir frases sencillas. Primero sólo con dos palabras (mamá linda, nene bueno) y más adelante comenzará a incluir el verbo y algunas frases más largas: quiero agua en el vaso, dame el osito.

A los tres años, ya posee un vocabulario bastante rico y comienza a configurarse lo que se llama pensamiento lógico. Es también el inicio de la etapa de los porqués, las preguntas constantes y, a veces, incontestables. Es importante hacerles caso y responder a sus dudas siempre que se pueda. Es mejor dedicar unos segundos y darles una respuesta adecuada que les satisfaga.

Cómo enseñarles a hablar: Las palabras que la madre dirige al recién nacido ya son un primer paso en la enseñanza del lenguaje.

Gracias a los avances neurológicos, sabemos que desde el nacimiento están preparadas las conexiones neurológicas necesarias para que el niño aprenda a comunicarse. Sólo necesita una pequeña ayuda para que se cierre el circuito.

Es importante que la madre hable al bebé desde los primeros días. Hoy sabemos que a los seis meses los bebés ya reconocen los sonidos de la lengua materna.

Además, los padres, especialmente la madre, actúan como auténticos maestros: habla más despacio al niño, con frases sencillas y, trata de no cometer errores gramaticales. Es la madre quien mejor puede dirigir el aprendizaje.

Las preguntas que les hacemos favorecen la iniciativa del niño para responder con palabras. Las historias y los cuentos enriquecen el vocabulario. Las conversaciones a cualquier hora del día son esenciales para que nos imiten y aprendan a hablar.

Cuando el niño comienza a hablar, no es bueno imitar su lenguaje. Si decimos "tota" en vez de "torta", no estamos enseñando correctamente. No se trata de corregir a cada instante, sino de repetir correctamente lo que nos ha dicho el niño. Así, además, favorecemos la conversación. Si el niño nos dice "quero tota" debemos contestarle con las palabras correctas: "¿queres torta?".

Enséñale a hablar

Desde que el bebé tiene cuatro o cinco meses emite diferentes sonidos para expresar sus emociones. Así, a través de balbuceos y gritos, nos comunica que tiene hambre, sueño o que está incómodo, es el origen del lenguaje.

Más adelante, comienza a recrearse con sus propios sonidos, los repetidos ma-ma-ma o pa-pa son, según Piaget, el habla egocéntrica: el niño se escucha, pero no pretende comunicarse con su papá o a su mamá. De hecho, estos sonidos son casi iguales en todas las lenguas.

Antes de decidirse a decir las primeras palabras con intención comunicativa, el bebé aprende a entender lo que oye. Por eso, reconoce su nombre y algunas palabras más.

Sólo repetirá lo que se le dice a partir de los nueve o diez meses. A partir del año, ya sabe que su padre y su madre se llaman pa-pa y ma-ma y te sorprenderán con alguna palabra más: tata para nombrar diferentes cosas (el hermano, el muñeco, la comida...) o un simpático hola para hacer sonreír a desconocidos.

Sonidos y gestos: Los primeros intentos de comunicación surgen de la necesidad que tienen los niños (alrededor del año) de llamar la atención de sus padres señalando objetos a la vez que les asignan una palabra o un sonido. Señalan el vaso y dicen "agua", el cielo y "avión".

Siempre debemos interesarnos por su conversación, esto los estimulará a continuar. También son frecuentes las onomatopeyas (guau-guau en vez de perro o chu- chu en lugar de tren). Los padres debemos estimularlos a que aprenden la palabra correcta y no designar nunca esos elementos con las que ellos utilizan.

Cómo enseñarle otro idioma

Es posible que un niño aprenda dos lenguas sin esfuerzo. Ahora bien, muchos especialistas recomiendan que se introduzca la otra lengua cuando ya dominen las estructuras sintácticas y el vocabulario de la lengua materna.

Hasta el final de la infancia el niño está asumiendo distintos aspectos de su lengua materna, aquella con la que se expresa en su entorno más cercano, pero la mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que a los 5 años ha completado la mayor parte del proceso de adquisición del lenguaje, es entonces cuando deben aprender otra segunda lengua, es decir, una vez que se ha asentado con firmeza la primera.

A esta edad, la capacidad que tienen para aprender otra lengua es asombrosa, pero la facilidad se pierde en etapas posteriores. Es la razón por la que si aprendemos otro idioma de adultos, persiste el acento nativo, fenómeno que no se presenta en los niños que aprendieron desde pequeños.

Algunos pedagogos defienden que es necesario iniciar el aprendizaje de una segunda lengua cuando el niño ya tenga muy bien establecido el uso de la primera lengua, y eso no se consigue hasta los 10 años más o menos y que la etapa ideal para iniciar las clases sería entre los 10 y los 16 años. Eso sí, a esa edad los niños ya no son tan desinhibidos y les costará más emular una pronunciación correcta, algo que en absoluto ocurre en los más pequeños.

Puede ocurrir que los padres hablen idiomas distintos. En esos casos, desde pequeños los niños se acostumbran a comunicarse en las dos lenguas con una soltura sorprendente. Aunque en la edad los expertos no se ponen de acuerdo, lo que si comparten es la necesidad de enseñar una segunda lengua a partir de enfoques comunicativos.

Para enseñar una segunda lengua es necesario lograr una interacción con el uso cotidiano de la lengua. Es decir, el niño debe asimilar el segundo idioma de manera espontánea, en las actividades diarias, sin que medie el proceso de traducción, como seguramente los hemos hecho muchos adultos en clases formales y estructuradas.

Dormir en su cama

A partir de los dos años el niño es ya demasiado grande para sentirse cómodo en un espacio tan pequeño como la cuna y, además, puede ser peligroso si mete las piernas o los brazos entre los barrotes.

Por otro lado, la seguridad que ofrece la cuna durante los primeros meses se termina desde el momento en que el niño es capaz de levantarse y, posiblemente, saltar por encima de esos barrotes.

No conviene hacer el traslado coincidiendo con la llegada de un hermanito. Eso puede ser un argumento para que se sienta desplazado.

La seguridad en la cama: Durante los primeros meses, es conveniente colocar un protector para impedir que se caiga al suelo, especialmente si se trata de una cucheta o de una cama más alta de lo normal.

Además, hay que tener en cuenta que el niño puede levantarse él solito y salir de la cama sin ayuda. Por eso, habrá que extremar las precauciones teniendo en cuenta que puede deambular libremente.

Para que no viva este tránsito como algo negativo, debemos motivarlo y animarlo con el cambio. Una buena idea, por ejemplo, es dejarle que elija la colcha y las sábanas y, si además se cambia de habitación, será bueno decorarla a su gusto y con sus juguetes.